Pau Fernández

Las enfermedades mentales son tú mismo

Las enfermedades normales las puedes externalizar. Puedes tener una lesión en el pie, una hernia discal, una úlcera, un herpes, o una infección de orina y todas estan “por ahí fuera”. Esos problemas no son tú, son cosas que tienes, que sufres, pero puedes interpretar que estan localizadas fuera de tí. Te pueden afectar y quizás ponerte triste o frustrarte, pero puedes hablar de todas ellas en tercera persona.

Las enfermedades mentales no son así. Las enfermedades mentales son tú mismo. Te cambian a tí: tu percepción, tus decisiones, tus miedos, tu intelecto, tus planes y tu vida. Son como un conjuro diabólico que modifica tu ser desde dentro, unas gafas que colorean todo lo que ves y todo lo que haces. Por eso cuesta tanto darse cuenta de cuándo te atacan. No las ves venir y a menudo puedes estar instalado en ellas sin saberlo.

Al empezar a darte cuenta de cómo operan te producen una duda permanente: ¿esta tensión soy yo o es la ansiedad?, ¿esta falta de ilusión es normal o es la depresión? No hay una separación clara entre la enfermedad y tú, porque se mezcla contigo, se funde en tu mente como la leche en el café. Al final empiezas a saber cómo van y vienen los síntomas y a veces puedes atribuir a la enfermedad algo que antes pensabas que era responsabilidad tuya.

Esto es tranquilizador, porque hasta entonces vivías pensando que eras un inútil por no estar contento, no tomarte las cosas con más calma o tener que pasarte la tarde en la cama de pura desidia. Te preguntabas: ¿como consigue todo el mundo estar bien con tan poco esfuerzo? Si la enfermedad eres tú, entonces parece que la culpa es tuya cuando tu comportamiento es anormal. El problema es que esa deducción también la hacen los que te rodean.

Los otros también te confunden a tí con tu enfermedad, así que interpretan tus acciones como auténticamente provenientes de tu voluntad, y quizás definitorias de tu forma de ser. Y no hablo de gente que conoces relativamente poco, pueden ser los miembros de tu propia familia. Si es difícil para tí distinguir entre el auténtico yo y la enfermedad, está claro que para ellos lo será muchísimo más, porque no tienen acceso a tus pensamientos. Así que a los ansiosos se les dice que se relajen, a los depresivos que se animen, y en general los consejos que recibes son del tipo: “solo tienes que ver las cosas de otra manera”. Incluso a veces oyes a álguien decir que los suicidas son unos egoístas.

Todo esto, desde el punto de vista de un enfermo mental, es una injusticia monumental. La sensación de sentirse incomprendido por todos es el argumento de las mejores películas dramáticas, y produce, por sí sola, aún más problemas. Encima de las dificultades para vivir con ello, de la debilitante lucha interna, tu conjuro diabólico te hace quedar mal y la gente se piensa que eres así porque quieres.

Y aunque te das cuenta de que en el fondo es natural que sea así, esta dificultad para separar el enfermo de la enfermedad es única de las enfermedades mentales, y es la raíz de gran parte del estigma y del desconocimiento de los que no las sufren.