Pau Fernández

Doble Frustración

El alumno llegó 5 minutos antes de la hora del exámen para poder hojear los apuntes una última vez, como si eso fuera su salvación. Entendía la materia bastante bien, y no estaba nervioso, pero sí un poco tenso. Mientras se repartían los enunciados, pensó que su manera de resolver los problemas a veces no gustaba del todo a los profesores, porque se le ocurrían soluciones poco ortodoxas. Debía ser por eso que estaba tenso, la nota que sacaría era bastante incierta. Cuando el profesor le alcanzó su hoja de enunciado, la última, las cabezas de los demás ya estaban hundidas en el texto y el silencio había tomado el aula.

Justo una semana antes, el profesor había llegado una hora antes al trabajo, como si eso fuera su salvación. Le había pedido a su mujer que llevase ese día a los niños al colegio porque tenía un deadline, una fecha límite para enviar un artículo científico, y encima ahora le tocaba tener que hacer este enunciado. No te preocupes, cariño, le dijo su mujer, les llevo yo. Era la tercera vez que enviaba el artículo y ya lo había reescrito varias veces, solo para recibir duras críticas de revisores que se escudaban en el anonimato. Pero como sabía que para el enunciado necesitaba toda su concentración, ese día le reservó la frescura mental de la mañana.

Ese enunciado era ahora el que el alumno acababa de leer, y no lo entendió demasiado. La asignatura iba sobre programación y el tema del problema era una máquina de bebidas, había que hacer un programa para controlarla. Lo leyó entero otra vez repasando cada frase, por si se le había pasado por alto algo importante, pero tampoco logró extraer la esencia del problema. Había ideas sueltas sobre latas de bebidas, las monedas del cambio y cuándo la máquina tenía que parar. Le pareció que el problema escondía una complejidad que no se correspondía con el tiempo disponible, 50 minutos.

El profesor, al ponerse a trabajar en el enunciado, estuvo pensando sin mucho éxito en posibles temas y decidió, pasados 20 minutos de sequía imaginativa, que tenía que inspirarse en enunciados anteriores. Así que revolvió en los archivos de otros cursos hasta dar con uno sobre una máquina de café, que le llamó la atención por tener, precisamente, un vasito blanco humeante al lado del teclado. Quizás el tema se podía mejorar, pero tampoco disponía de tanto tiempo. De hecho le vinieron tentaciones de poner el enunciado tal cual lo había encontrado. Eso le podría permitir dedicarse al artículo mucho antes, pero le pareció muy descarado y buscó una solución intermedia: adaptarlo. Así que cambió la máquina de café por una de bebidas y buscó algo que hiciera el problema más difícil, ya que si los alumnos por casualidad se estudiaban el de la máquina de café al pie de la letra, el examen sería un regalo. Pensó en algo como por ejemplo… las monedas de cambio. Sí sí, el estudiante tendría que calcular el cambio que devolvía la máquina en cada compra.

Por más que releía lo del cambio, al alumno no le cuadraba. Por un lado había que calcular el cambio que daba la máquina pero por el otro el enunciado decía explícitamente que “la máquina tiene 50€ de cambio pero no hay que preocuparse de qué monedas va a devolver exactamente”. Por un lado, si no tenías en cuenta los tipos de monedas, el problema no tenía mucho sentido, porque entonces la máquina solo necesitaba tener un saldo positivo y mágicamente podía devolver como cambio cualquier cantidad de dinero, como si fabricase las monedas en el momento. Por el otro lado, si tenías en cuenta lo de las monedas, el problema era endemoniadamente difícil, porque había que tener en cuenta cuantas monedas de cada tipo había y para cada cantidad, cuantas quedarían dentro de la máquina. El alumno se bloqueó ante el dilema un largo rato, hasta que el profesor le interrumpió anunciando que habían pasado ya 30 minutos. Tiempo de decidir una via de resolución.

El profesor, la semana anterior, ya estaba acabando de redactar el enunciado. Lo de las monedas le dejó tranquilo porque era algo nuevo y aunque al principio se había dado cuenta que el problema se podía complicar mucho, el comentario sobre que “no hay que preocuparse de qué monedas va a devolver exactamente” zanjaba la cuestión y dejaba claro que no había que abordar esa parte en su totalidad. Además, había conseguido tachar de la lista la tarea del enunciado en apenas tres cuartos de hora. Compartió el enunciado para pedir los comentarios de sus compañeros y éstos mencionaron cosas como que 50€ les parecían excesivos para una máquina de bebidas o que había olvidado cambiar la fecha en la cabecera de la página. Todo pequeños retoques que incorporó con facilidad.

Con 20 minutos de tiempo, el alumno empezó a escribir la solución teniendo en cuenta la devolución exacta del cambio, ignorando el comentario del enunciado. Simplemente le pareció que el problema era demasiado fácil sin ello y que probablemente había una solución simple al tema de las monedas que ahora no estaba viendo. Tendría que sacarla y rápido. Esto le situó en una posición angustiosa, barajando posibles ataques y haciendo tentativas en una hoja que usaba como borrador. Pero por más que se esforzaba, no lograba simplificar su programa y empezó a darse cuenta de que no podría terminarlo. Copió a toda prisa lo que tenía e intentó completarlo directamente en la hoja que había que entregar. Pero al poco rato el profesor anunció el final del exámen, con lo que se vió obligado a entregar in extremis, el último, y con una solución inacabada. Salió del aula insatisfecho, con la sensación de no haber podido demostrar lo que sabía. Este tipo de situaciones se daban con frecuencia y solo se podían resumir en una palabra: frustración.

Quince días después, con la tercera versión del artículo ya enviada, el profesor encontró un rato para corregir los exámenes. Era tarde y estaba cansado, pero los niños ya dormían y le pareció que podría aprovechar aquella hora y media de silencio, así que se fue al despacho y preparó su rotulador rojo. Algunos apenas habían escrito nada, en esta asignatura perderse a principio de curso era letal. Otros lograban una nota algo menos vergonzosa con algunos trucos aplicados de memoria. Pero es que aparte de esos casos perdidos, no puso ni una buena nota, en general había muchos tachones y muy poca claridad. Esta escasez de buenas notas le resultaba casi insultante. Hubo un caso en particular, el del estudiante que entregó último, donde se tiró de los pelos. Parecía un buen alumno y hacía preguntas interesantes y aún así había intentado calcular el cambio exacto que la máquina devolvía pese al comentario explícito que había puesto! De todas maneras, enseguida se dió cuenta del porqué. Era una canción bastante repetida en las comidas del departamento: “es que los estudiantes no saben leer”. Así que colgó las notas insatisfecho, con la sensación de tener que hacer siempre el trabajo sucio de enseñar a personas desmotivadas y de limitada capacidad. Este tipo de situaciones se daban con frecuencia y solo se podían resumir en una palabra: frustración.

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